Saturday, January 20, 2007
Amelia Daba un paseo por el parque aquella tarde soleada y buscaba quizás un espacio donde esconder su hermoso cuerpo de las miradas ansiosas y sedientas de los hombres que no cesaban de asediarla con avaricia desde que la veían llegar con Dora, su perrita negra y presumida. Pero era difícil esconderse de aquellos hombres, a menos que se fuera una detrás de unas arcadas abandonadas que se apartaban de la muchedumbre, hacia la calle Hostos, casi colindando con las ruinas de San Francisco. Nadie osaba, por supuesto, acercarse demasiado a Amelia, porque Dora ladraba con tal ferocidad que le reventaría los tímpanos aún a los sordos. Tan pronto la veían bajar, los hombres salían de los colmadones de la Duarte, cerveza en mano, para observarla con deleite y decirle un piropo, tratando de acercarse. Dora gruñía. No es fácil tener dieciseis años y ser tan bonita en esta parte de la zona colonial donde hay tantos hombres sueltos. Y aunque Amelia trataba de ignorarlos los más atrevidos hacían conjuras y trataban de entretener a Dora con algún hueso, mientras otro trataba de iniciar una conversación, preguntar algo tonto sobre la salud comatosa de su padre, o sobre los trabajos de modista de su incansable madre. Pero Amelia tenía instrucciones de no escuchar a nadie, de seguir su camino y regresar cuanto antes a la habitación en el ático donde su padre medio moría y medio renacía, según fuesen los caprichos del tiempo. Era ya la hora de regresar cuando Dora se precipitó corriendo al fondo de las ruinas a donde Amelia la siguió llamándola y reprendiéndola severamente, con la indignación que provoca la desobediencia. Al fondo, un joven paseaba por el suelo terroso de una capilla abandonada, a su perro Bonaparte. Una fuerza ineludible atrajo los perros, que movían sus colas y acercándose se pusieron a holisquearse con contagiosa alegría. -Soy Aurelio. ¿Como se llama su perrita? -Dora. -No hace falta que me de su nombre, Amelia. Todo el mundo la nombra y la admira por aquí. Yo el primero. -Debo regresar. -Paciencia. Es preciso dejar que los animales expresen sus sentimientos libremente, a su manera. -Debo regresar. En esto Amelia amarró a Dora por su collar y casi la arrastra fuera de aquella hermita desolada en medio de la ciudad bulliciosa y jaranera.
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