Wednesday, September 25, 2013

SOBRE LA EXCAVACIÓN DE TÚNELES ::::::::::::::::::::::::::::::
Empiece por cavar un hoyo en el jardín. Luego de descender a una profundidad razonable, vuelva a la superficie y enfoque sus ojillos hacia el patio de la vecina de enfrente, donde esta suele tenderse desnuda a la sombra de un castaño enorme. Aguce su visión binocular y compruebe que ella sigue ahí, dorándose al tamiz de las hojas, despreocupadamente. Guíese por el instinto y continúe haciendo sus horadaciones. Asegúrese que el túnel sea capaz de sostenerse por sí mismo, sin columnas ni vigas cruzadas. No utilice tubos, cilindros de empuje, ni succionadoras, solo su olfato. Pronto advertirá las profundas raíces del castaño. Sígalas hasta el tronco y trepe por las ramas al cogollo. Una vez allí, sacuda de su abundante cabellera toda esa arenilla molesta que le cubre la nariz y los ojos. Ahora puede limpiarse sus bigotes y afilar los colmillos, porque verá claramente la lata de sardinas, los dátiles, cacahuetes, nueces, castañas y almendras al lado de la espléndida mujer desnuda. Descienda inadvertidamente y tome cuanta fruta seca pueda echar en su bolsa. Regrese por el túnel y escape con el botín. Aunque usted es muy joven, ahora podrá enorgullecerse de ser un excelente ejemplar de la familia de los tálpidos. En la madriguera, Mamá Topo y Papá Topo, le felicitarán y colgarán en el muro la lata vacía de sardinas, como su gran trofeo de iniciación en el difícil oficio de la excavación de túneles. Fernando Ureña Rib
LOS DESNUDOS DE UREÑA RIB Mis recuerdos primeros me llevan a una ruidosa mañana de febrero en el patio de una casa de madera, nuestra morada familiar, en un barrio de San Francisco de Macorís, en el nordeste de la República Dominicana. Temprano esa mañana, mis hermanos habían ido a escarbar arcilla a una especie de parque cercano llamado El Escuadrón. En realidad no era un parque. Lo que había allí era una pradera rodeada de árboles enormes de gina y de anacahuita que nos servía de campo de juego. Con las frecuentes lluvias se producía un lodazal amarillo-rojizo y nosotros aprovechábamos esa arcilla, le quitábamos las impurezas, la amasábamos y con cucharas, cuchillos y espátulas improvisadas, hacíamos moldes para las máscaras del carnaval que se avecinaba. Utilizábamos papel de periódico y cola de almidón de yuca para hacer caretas, las máscaras del carnaval dominicano. Alguien recomendó que fuera yo quien les diera color a esas caretas con unas latas de pintura que habíamos conseguido en una caseta abarrotada de objetos extraños que mi padre mantenía cerrada en el fondo del patio. Con almidón, cañas de bambú tiernas y papel de celofán hacíamos también chichiguas (papalotes o cometas) multicolores que los vientos de febrero se apresuraban a elevar por aquel cielo límpido e intenso de la cuaresma caribeña. Desde ese tiempo no he podido librarme de los restos de color en mis dedos. En la casa, y en el taller de costura de mi madre, yo garabateaba y embarraba toda superficie invitante. Entonces ella decidió que esa era mi vocación y que sería bueno que aprendiera a dibujar y pintar. A ella misma le gustaba mucho de dibujar, sobre todo porque era modista y debía crear o adaptar trajes de novia y vestidos especiales para las fiestas patronales que en ese tiempo eran muy lucidas, ostentosas y que tenían gran importancia social en la vida provinciana de la época. El taller de costura de mi madre estaba en la Calle del Carmen, en el centro de San Francisco. Y en las tardes el lugar era el punto de reunión de las muchachas y las señoras jóvenes que iban a hacer sus encargos o a probarse la ropa. Con el tiempo me di cuenta de que ella no simplemente les cosía vestidos, sino que les daba consejos y las orientaba sobre cómo conseguir un buen pretendiente o mantener en la casa a un buen marido. Esta especie de terapia de grupo que llevaba a cabo mi madre en el taller me la comentaron mucho tiempo después las clientas agradecidas, porque mi madre les salvó el matrimonio o les dio la clave sobre cómo resolver los asuntos de las frecuentes infidelidades masculinas. Creo que se llevaban del concejo de mi madre porque ella misma tuvo buen matrimonio y el ambiente en el hogar era amoroso y feliz. Ella se casó bien conservada ya, como se decía entonces, cuando la edad de la mujer aumentaba y parecía imposible conseguir marido. El que ella consiguió, mi padre, era un topógrafo del Central Romana quien se apareció un día soleado mientras ambos atravesaban el Río Dulce en la barca que conectaba sus riveras. Entonces él abandonó su profesión primera y empezó un negocio de cafetería. En La Romana nací yo, pero no tenía un año cumplido cuando ya nos trasladábamos a Salcedo y luego a San Francisco de Macorís. Ella estaba suscrita allí a una alargada revista francesa de modas, La Chic Parisienne, en la que aparecían dibujos de mujeres espigadas y muy bien puestas. A mí me gustaba ojear aquellas revistas y colorearlas, porque venían simplemente los dibujos a línea. Mi madre las ponía frente a ella sobre una gran mesa de corte y disponía las telas, calcaba el diseño y marcaba las medidas con tiza o lápices de cera sobre patrones de papel de estraza que ella misma hacía. Sus tijeras me parecían enormes. En las tardes, mis hermanos y yo teníamos que ayudar en el taller luego de ir a la escuela. Se nos asignaban ciertas tareas: Pedro manejaba bien una máquina de cocer y la de hacer tru-tru, mientras Francisco se ocupaba en troquelar la tela para hacer los botones y Edgar y yo pegábamos las aplicaciones que eran generalmente hechas de lentejuelas o de encaje. Nos gustaba mucho también montar las cretonas sobre unos flejes de metal recubiertos de tela, con los cuales se hacían las faldas enormes de los vestidos de fiesta. Yo nunca aprendí a coser, pero mi hermano Pedro se hacía sus propias camisas, mientras Edgar y yo hacíamos pespuntes, montábamos las cremalleras, hacíamos zigzag o rematábamos ruedos. Era nuestra pequeña industria familiar. Y debió ser próspera a su modo, porque mi madre visitó una vez la Compañía de Fomento Industrial en la capital y parece que le otorgaron el préstamo que solicitó con el que compró máquinas de motor y amplió el taller. Al lado de ese taller había un bar-restaurante con la música trepidante de las velloneras. A las dos de la tarde los hombres se veían caer aletargados por la cerveza que bebían para encender o aplacar sus pasiones. Recuerdo oír las canciones de Olimpo Cárdenas y Julio Jaramillo con su onda tristeza y su melancolía, mientras nosotros nos disponíamos pacientemente a forrar hebillas o a colocar encajes, broches e imperdibles. De pequeño a mí me gustaba mucho ir a ayudar a mi madre en esas tareas, para estar cerca de ella y porque allí miraba con deleite a las muchachas desnudarse y cambiarse de ropa frente a mí para probarse sus vestidos nuevos. A ese tiempo se remonta mi interés en el arte del desnudo femenino. FERNANDO UREÑA RIB