Friday, February 19, 2010

La mula coja

LA MULA COJA

Un cuñado de mi difunto padre, se casó recientemente con la tía de su segundo hermano (una señora algo mayor que parecía una bruja) y decidieron pasar la luna de miel en un caserón casi abandonado, perteneciente a la suegra de su primo menor, en las montañas de Neyba.


Una mañana, cuando la luna de miel había concluido, el cuñado de mi padre decidió que quería quedarse allí algunas semanas más. Dejó a su mujer tendiendo la cama, le pidió que le guardara tilapias asadas, le dio un beso y salió. Cuando se disponía a bajar caminando por la ensenada, notó que había una mula aparejada al tronco de un tamarindo inmenso que había al frente. No se sorprendió, porque en esos campos la gente suele ser muy servicial, así que montó la mula y con ella bajó al pueblo para llamar por teléfono a la suegra de su primo menor, quien no objetó para nada la petición, ya que esa casa nunca se utilizaba. La suegra le aseguró que al contrario, si querían quedarse a vivir allí les harían a todos un favor, porque debido a las distancias y al súbito aumento en el precio de los combustibles, ya nadie en la familia quería ir a esa casa ni de visita. Aunque era una casa grande donde se estaba muy bien, con sus balcones solariegos, sus hamacas, mecedoras y una cocina fuera de la casa donde era fácil ahumar carne y pescado. En la zona existen crías lagunares de tilapias, de modo que no es difícil sobrevivir allí si uno es capaz de sembrar y cosechar sus propios víveres y legumbres.





Sin embargo, esa tarde, cuando el cuñado de mi difunto padre regresó a la montaña para darle las buenas noticias a su mujer, no la encontró. El supuso que ella habría bajado a la laguna para buscar tilapias y triculí y como estaba tan agotado por el viaje en mula, se echó en una hamaca que había en el patio y se durmió rotundamente hasta el día siguiente. Cuando lo despertaron los gallos y las avispas él notó que su mujer no estaba y que la cama estaba aún tendida con las sábanas frescas del día anterior. De modo que bajó en la mula a la Laguna de las Tilapias y les preguntó a los pescadores si habían visto a su mujer por aquellos predios y ellos dijeron que hacía una semana no la veían. Entonces él dio la vuelta a la redonda a aquella montaña escarpada, y descubrió cascadas, precipicios y manantiales que no se imaginó existieran. La mula, que era coja, se resistía a aventurarse por aquellos escarpados desfiladeros, pero el cuñado de mi difunto padre insistía en arrearla, puyándola por las ancas, espueleándola y aumentando aún más su dolor, su cojera y su angustia.
Desalentado y triste, e imaginando lo peor, el pobre cuñado de mi difunto padre regresó a la casa en las montañas ya muy entrada la noche. Tres estrellas, alineadas en medio del cielo le indicaron el camino. Le quitó las cinchas, el aparejo, y le echó tres baldes de agua a la mula, para refrescarla y él se encogió en un catre que había en la sala y se durmió tranquilo, como Dios después del Diluvio. Cuando despertó, aturdido aún por el cansancio, notó que su mujer (que parecía una bruja) estaba acostada, roncando, sobre la cama tendida y no se levantó hasta tres días después. Notó además que ella renqueaba y que tenía magulladuras y puyones en las nalgas. La mula coja, sin embargo, no se volvió a ver jamás.
FERNANDO UREÑA RIB

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